Las comedias musicales se afianzan en la cartelera porteña con más títulos propios e importados, aun cuando requieren cuantiosas inversiones
La primera entrega de los Premios Hugo al Teatro Musical, el lunes último, no sólo fue un show impecable, divertido, cálido y desacartonado al que no faltó nadie, sino que vino a darle aún mayor legitimidad y visibilidad a un género que viene cobrando renovados bríos en la cartelera porteña.
Ver a todos sus hacedores juntos autocelebrándose -artistas, autores y técnicos, aunque se echó de menos a los productores-, afortunadamente con agradecimientos breves y haciendo lo que mejor saben hacer (cantar y bailar), reveló a esta industria de la magia en toda su fortaleza vital y en sus enormes posibilidades de seguir creciendo.
"La comedia musical es la más colaboradora de las artes, porque libro, letras, partitura, danza y diseño funcionan unívocamente por un mismo fin", explica el crítico Pablo Gorlero (creador, junto con Ricky Pashkus, de los Premios Hugo) en su monumental y más que recomendable Historia de la comedia musical en la Argentina (Marcelo Héctor Oliveri Editor, Buenos Aires, 2004). "Las zarzuelitas y revistas criollas de las últimas décadas del siglo XIX y los sainetes líricos de comienzos del XX fueron el inicio", rememora.
Lejos de lo que algunos puedan pensar (que la Argentina sólo copió y recreó el modelo anglosajón), Gorlero cuenta en la obra citada que "la incidencia de la zarzuela y del género chico españoles en el arte escénico argentino es equivalente a la de la opereta y las óperas cómicas británicas con respecto al estadounidense. Sin duda, la raíz de la comedia musical argentina está en el teatro musical hispano".
En las décadas del 30 y del 40 del siglo pasado florece la comedia musical porteña, tanguera y arrabalera, con autores propios, y aparece un género convergente y completamente argentino como el teatro de revista.
La no renovación de autores locales y la influencia del cine musical norteamericano hicieron que a partir de 1956, los grandes clásicos musicales de ese país comenzaran a desembarcar entre nosotros. Alcanzarán madurez en las producciones de los años 60 de Carlos A. Petit, el recientemente fallecido Buddy Day y Alejandro Romay ( Hello Dolly, El hombre de La Mancha ), empezarán a complicarse con Hair (exitosa pero polémica, en 1971) y adquirirán visos de tragedia con la nunca estrenada Jesucristo Superstar , en 1973, por culpa de un atentado que destruyó al Teatro Argentino, donde se iba a representar.
Luego hubo títulos sueltos hasta El diluvio que viene, el gran éxito local de los años 80 (el éxito itinerante por el mundo fue paralelamente Tango argentino , a partir de 1983).
El género se consolida nuevamente en 1991 cuando Pepe Cibrián estrena Drácula (que vuelve en enero a Mar del Plata), y que convivió, de igual a igual, aportando otras obras, con la llegada de los grandes musicales extranjeros ( La Bella y la Bestia, Los miserables, Chicago ), que apuntaló diez años después Tanguera , producción de Diego Romay.
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La sofisticación de la plaza teatral porteña es tal que el género musical se expresa tanto en el circuito comercial como en el off y hasta tiene interesantes y provocadores entrecruces. LA NACION dio cuenta del fenómeno el martes último en su nota de tapa de este suplemento ( http://bit.ly/98tG48 ). Que Avenida Q sea un éxito de crítica y de público que se expande con un vigoroso boca en boca, que La Parka sea un boom de los días lunes con entradas permanentemente agotadas revelan la riqueza del panorama actual. Que Julio Chávez se haya animado al musical en Sweeney Todd , que estemos a las puertas del estreno de la tercera versión local del colosal Chicago (la primera fue en 1977 y la segunda en 2001), que tras el éxito de Eva , Nacha Guevara esté preparando Tita, la flor del Abasto (en tanto que Virginia Innocenti evoca a la Merello en Dijeron de mí , en el Maipo Club) dan idea somera (porque hay más proyectos y títulos en danza) de que el musical se amplía en la Argentina, aun con todos los enormes riesgos que implica.
Es que concretar un espectáculo de esta naturaleza requiere una inversión mucho mayor que la de una obra de texto (LA NACION consultó a varios productores de primera línea y coinciden en que si para montar teatro de prosa comercial hay que pensar en unos 500.000/600.000 pesos, la comedia musical puede llegar a exigir entre 3 y 4 millones).
Si el espectáculo convencional ocupa a 15/20 personas, una obra como Chicago (que llegará al Lola Membrives el 1º de noviembre) demanda la contratación de 25 artistas/bailarines, 14 músicos para la orquesta en vivo y 31 trabajadores detrás de escena, lo que totaliza 70 personas.
Esto hace que las entradas a un musical sean más caras que las de un espectáculo que no lo es (130/200 contra 90/110 pesos), con lo cual hay una inmensa cantidad de espectadores que se quedan afuera sólo por una cuestión de bolsillo.
En la cuna mundial del musical que es Broadway (a propósito, Gorlero tiene en gateras un libro sobre su historia) y a pesar del flujo constante de espectadores gracias al turismo, se calcula que sólo el 10 por ciento de sus títulos son realmente rentables. Aquí, de cada 4/5 espectáculos musicales que hay por temporada, 1/2 recuperan la inversión y eso a costa de reforzar el ingreso de boleterías con importantes auspicios comerciales (el Citi es el que más hace en este sentido no sólo regenteando el teatro Opera, sino también financiando producciones de T4f, RGB y del Paseo La Plaza) y/o explotar otros territorios como Brasil, México y España con las mismas producciones "llave en mano".
Cierto tipo de subvención o una ley de mecenazgo adecuada podrían fortalecer las iniciativas más caseras y huérfanas de esa fuerza internacional con que cuentan algunos emprendimientos empresariales en la materia.
El terreno está bien abonado, los talentos surgen a raudales de muy competitivas escuelas de comedia musical, el público está más que ávido por ver este tipo de festivas propuestas, los autores locales empiezan a escribir de vuelta. La Argentina también demuestra su enorme potencial cantando y bailando. Como dijo Nacha Guevara durante la ceremonia de los Premios Hugo: "Sin artistas, la vida sería insoportable".
Por Pablo Sirvén
psirven@lanacion.com.ar
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