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El joven que elige vivir entre desastres naturales

Desde los 18, Cristian Kuperbank viaja como rescatista voluntario hacia las peores catástrofes del planeta; hace cuatro años trabaja con su perra Lola, entrenada para estos casos

El joven que elige vivir entre desastres naturales
Una tía diría que apenas empezó en la vida, pero Cristian Kuperbank, un rescatista de 23 años, vive al límite como si no hubiera mañana.

En apenas cuatro años fue voluntario en desastres donde más de 300.000 personas sucumbieron ante la fuerza de aludes, terremotos y tsunamis. Durmió junto a cadáveres, se las arregló para sostenerse con gotas de agua en lugares en donde escaseaba y se sumergió entre los restos de estructuras hechas polvo mientras la tierra continuaba temblando.

Tiene una perra labradora color chocolate, llamada Lola, que lo acompaña en esos viajes por el caos, de los que sale aplaudida por localizar a decenas de víctimas entre los escombros y el barro. También tiene un hijo de cuatro años con quien se siente en deuda por no dedicarle todo el tiempo que quisiera.

Trabaja desde los 15 años y dice que no se cree un héroe al dedicar su propio tiempo y dinero en el rescate de gente desconocida a lo largo y ancho del mundo. Eso es algo "ficticio, de los dibujitos animados," opina. Fuma, duerme poco, no se cuida demasiado y asegura, entre comentarios políticamente incorrectos, que no tiene tiempo para "ser hipócrita".

"Las personas que hacemos este tipo de trabajo lo hacemos en parte para ayudar y en parte porque nos gusta y nos sentimos cómodos trabajando con descarga de adrenalina, presión y estrés. Es como encontrar tu lugar en el mundo, en lo que te sentís que podés ser útil. Lo hacés porque es una satisfacción personal, ya que no tiene ningún tipo de rédito económico. Lo único que tiene es un déficit monetario terrible, riesgo de divorcio, de perder a tu familia o perder todo", asegura.

Había empezado a estudiar veterinaria en la Universidad de Salvador de Pilar, pero abandonó la cursada para volar hacia lo que fue su primera intervención en un desastre natural: el terremoto de Perú en 2007.

"Perú fue como una prueba de fuego para mí. Dormíamos en la plaza de Pisco, frente a la Iglesia, a cuatro metros de donde había 90 cadáveres tirados en el piso sin tapar. En las 24 horas que trabajábamos se repetía la misma escena de reconocimientos de cuerpos, con lo que decís: «Bueno, listo, si te aguantás esto, te aguantás cualquier cosa»".

Vive en Ezeiza y cuando no rebota entre los distintos desastres que se suceden en el mundo, entrena perros para trabajos de seguridad en empresas locales o hace cursos de capacitación con referentes europeos de rescate. Forma parte de una red de voluntarios, familia prefiere llamarla él, integrada por personas en distintas partes del planeta con las que no siempre puede hablar directamente porque no comparte el idioma, pero que se activa cada vez que tiene lugar una nueva catástrofe. Entre ellos están los Topos de México , una brigada de rescate independiente bautizada así por el propio pueblo mexicano porque su forma de rescate es crear túneles para llegar hasta las personas atrapadas en derrumbes y terremotos, bajo riesgo extremo.

"Los conocí en Perú y trabajé con ellos en Haití a principios de año, después de haberlos encontrado en República Dominicana, cuando buscaba cómo llegar al otro lado de la frontera. Es que me habían dejado en banda ahí. Estaba solo con mi perra cuando vi una bandera mexicana en una carpa y me acerqué a preguntarles si eran los Topos. Hablamos, me contaron que ellos no habían llevado perros al lugar, y ahí unimos herramientas de trabajo. Los he visto hacer su trabajo con casi nada, es algo artístico. Nos volvimos a ver a fines de febrero en Chile y en junio en Guatemala."

En Haití, con Lola llegó a localizar, según se detalla en el sitio de la Embajada de Estados Unidos en Buenos Aires, el cuerpo del arzobispo de Puerto Príncipe, Joseph Serge Miott, por expreso pedido del Papa. Encontró entre los escombros a un total de nueve personas con vida y seis fallecidas. Después de esa intervención, recibió el agradecimiento de la propia embajadora estadounidense en la Argentina y su ONG, K9 Ezeiza, pasó a ser la unidad local de los Topos aztecas , cuya brigada internacional tiene miembros en nueve países.

"Lo que me pasó en Guatemala a mediados de año fue que tenía que buscar personas que habían quedado tapadas por un alud de barro. La diferencia fue que estas víctimas, entre las que había muchos niños, pasaron a tener nombre y apellido porque los familiares estaban en el lugar, les ponían cartelitos, velas, la ropa que usaban, sus juguetes. Y a mí, cuando empiezan a surgir situaciones en las que están involucrados chicos, se me vuelve en contra. El trabajo se hace más tedioso, más pesado, más exigente. Básicamente porque tienen nombre. Es una presión extra que desgasta muchísimo más", relata.

Volvió a Buenos Aires y cayó por primera vez en una crisis debido a su trabajo. Tuvo problemas de presión, cardíacos y descubrió su propio límite en la cantidad e intensidad de intervenciones en desastres. "Nosotros hacemos un trabajo muy particular, nos exigimos al máximo y a veces el cuerpo no da. Además, lo que vivimos lo compartimos con los mismos equipos de rescate de otros países que están en el lugar. A la noche nos juntamos y hacemos nuestra propia catarsis para relajar. Por eso, por ahí a los dos meses se desencadenan un montón de cosas que uno venía guardando."

Y explica: "Quizás te toca pasar por un lugar y ver a un niño lastimado y volver a los dos días y verlo en el mismo lugar, pero muerto. Entonces decís: «¿Qué pasó que yo no pude hacer nada para evitar eso?» O cuando rescatás niños que no tienen familia «¿A dónde van a ir a parar?» «¿Qué va a ser de??» Son un montón de preguntas que me termino haciendo. Lo que más me moviliza son los chicos, me paralizan terriblemente, pero trato de ser objetivo porque sé que si me quedo ahí, se desactivó mi trabajo."

A pesar de ese ritmo de desastre natural, admite que en algún momento le llegará el tiempo de "colgar la mochila". Y dice: "Voy a estar viejito. Cansado, sí, seguro. Pero no aburrido". Se ríe y tira su tercer cigarrillo hacia un rincón del campo de entrenamiento de Lola.

Por Silvana Santiago
De la Redacción de lanacion.com
ssantiago@lanacion.com.ar

Miércoles 20 de octubre de 2010

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