"El mayor pecado es querer conocer mucho en poco tiempo"
Federico D´Elía
"Viajé mucho, pero desde que tengo hijos todavía pequeños me cuesta más. Me gusta estar en el lugar, no tanto el viaje en sí mismo", asegura Federico D´Elía, para el que los viajes ocupan un lugar muy importante en su vida. Es más, los considera algo casi imprescindible, aunque no así los traslados para llegar a destino.
-¿Qué es lo que menos extrañás de Buenos Aires cuando estás afuera?
-Los colectivos.
-¿El libro perfecto para viajar?
-Cualquier policial.
-¿Avión, barco o tren?
-Para viaje largo, avión; en Europa me gusta el tren.
-¿Cuál es el mayor pecado de un turista?
-Querer conocer muchos lugares en poco tiempo.
-¿Qué te parecen las guías de viaje?
-Tal vez interesantes para leer antes de viajar, pero una vez que estoy en el lugar no las uso.
-¿Te gusta viajar solo o acompañado? ¿Por qué?
-Acompañado, porque no hablo idiomas y además me gusta compartir con otro lo que estoy viendo.
-¿Un destino pendiente?
-Nueva York.
-¿Una escapada favorita de fin de semana?
-Uruguay.
-¿Tres requisitos que debería reunir tu viaje ideal?
-Tiempo, dinero y humor.
-¿Un lugar en el mundo?
-¡España!
Federico D´Elía por estos días trabaja en Todos eran mis hijos , de Arthur Miller, con la dirección de Claudio Tolcachir, junto a Leonor Manso, Lito Cruz, Esteban Meloni, Vanesa González y elenco. En el teatro Apolo (Corrientes 1372). Funciones: miércoles a domingo.
EN LA VIA EQUIVOCADA
De gira teatral por Europa, hace ya unos años, en un determinado momento la compañía se separó durante una semana. Estábamos en París y quedamos en encontrarnos siete días después en Copenhague, así que me fui con unos amigos a Florencia y, pasada la semana, tomamos un tren que tenía que hacer escala en Alemania, para luego seguir viaje hasta Dinamarca. Al menos eso pensamos que haría.
Sin embargo, apenas habrían pasado unos 15 minutos de nuestro recorrido, cuando por los altoparlantes anunciaron a los pasajeros: "Tren sin escalas a Roma", dijeron de manera inapelable. Y enseguida caímos en la cuenta de que habíamos subido al ferrocarril equivocado, que iba exactamente en dirección opuesta hacia donde nosotros queríamos dirigirnos.
Demás está decir que intentamos bajarnos por todos los medios, pero fue en vano. Una misión imposible. Y cada kilómetro que nos alejábamos de Florencia, nuestro buen humor se iba transformando en un muy pésimo humor. Sabíamos que nos esperaba un viaje largo, pero nunca nos dimos por vencidos. Así que ocho horas más tarde estábamos nuevamente en Florencia, listos para subirnos a otro tren y recomenzar nuestro viaje prometido.