En 2009 decidí pasar Año Nuevo en la costa atlántica con mi marido y mis hijos.
Con una ruta intransitable llegué a uno de los primeros lugares que conocía de mi infancia, Mar de Ajó. Sin suerte en conseguir hospedaje seguí hasta San Bernardo, y así sucesivamente. Parecía inexistente una buena propuesta en cuanto a precio, calidad y cercanía con la playa. Finalmente llegué, con pocas esperanzas, a lo que conocía como Santa Teresita. Descubrí que aquel pueblo de inmigrantes italianos que recordaba de mi niñez se había expandido. Con sus casas maravillosas salpicadas entre un bosque de pinos y eucaliptos, casi al borde del mar, encontré el lugar que estaba buscando para comenzar el año renovada.
Comencé con la búsqueda de mi destino añorado. Casi por milagro apareció un precioso hotel instalado sobre la playa.
Así, en esos días paseamos, dimos nuestros primeros golpes de golf y nos dimos el lujo de hacer una cabalgata por la playa al atardecer.
Ya transitamos el último día del año y el hotel había organizado una cena especial. Nos anotamos sin dudarlo, pensando que nada más nos sorprendería de ese maravilloso lugar. Antes de las 12 todos los comensales desconocidos entre sí, pero contagiados por la buena onda del lugar, se pusieron de pie para el brindis y un sinfín de fuegos artificiales aparecieron como colgados entre el cielo y el mar. La verdad que no podía pedir más para el comienzo del año. Por eso con mi familia no dudamos en volver a esperar el nuevo año en Santa Teresita sobre el monte.