El primer coliseo porteño logró reabrir sus puertas este año, pero no alcanzó a estabilizar su temporada porque afloraron los conflictos
Funciona razonablemente bien. No se puede decir que esté vacunado contra cualquier tipo de sustos porque, después de todo, es una institución estatal, pero sí podría decirse que, para depender de seis gremios, las protestas son bastante excepcionales. El diálogo entre la dirección y los trabajadores es clave y fluye, y las temporadas transcurren con cierta normalidad. Este año acrecentó su público a 59.000 espectadores (12.000 más que el anterior) y tiene ambiciosos planes para 2011: comenzará a funcionar una Escuela de Arte y Oficios y se abrirá un local para vender suvenires vinculados al mundo de la música diseñados y fabricados por sus propios artesanos.
Decididamente, no es el Teatro Colón de Buenos Aires, sino el Teatro Argentino de La Plata, que depende del Instituto Cultural de la Provincia, que preside Juan Carlos D'Amico. Tiene un presupuesto de 92 millones de pesos, e ingresos por boletería de sólo 2 millones y medio, ya que el valor de sus entradas es absolutamente promocional, como que van desde los 15 pesos hasta los 160).
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Se podría suponer que contando con toda la "chapa" local e internacional que significa ser nada más y nada menos que el Teatro Colón, todo tendría que andar sobre ruedas y ser fuente de felicidades culturales continuas. Pero nada más lejos de esa idílica situación: las autoridades de la ciudad no se involucran a fondo; el ministro de Cultura posa para las fotos, pero no tiene real jurisdicción sobre él; el director general habla poco y nada con los delegados gremiales y la asamblea de trabajadores no tiene el menor empacho en extender una asamblea, aun cuando la sala esté repleta de público.
Después de cuatro años de estar cerrado para afrontar una tan necesaria como controvertida y entrecortada restauración aún no terminada, el 24 de mayo fue una alegría verlo resplandecer nuevamente. Pero la felicidad duró poco y estalló en mil pedazos: programación levantada, medidas de fuerza, judicialización de distintas problemáticas, denuncias cruzadas, etcétera.
No está quedando bien Mauricio Macri, paradójicamente, con los extremos sociales que pueblan la ciudad que gobierna. De Soldati no se hablará aquí, ya que los lectores encontrarán abundante información en otra parte de esta edición. Salvando las distancias, la clase más alta también se encuentra frustrada por el irregular funcionamiento de su joya ciudadana más emblemática: el Teatro Colón.
Ahora, a la distancia, se advierte como un enorme error que Macri no haya apostado cuando asumió hace tres años por la continuidad de la dupla Leandro Iglesias (director general) y Marcelo Lombardero (director artístico), como le aconsejaba por entonces su primer asesor en Cultura, Ignacio Liprandi, así como sí lo hizo en el San Martín, al mantener como director a Kive Staiff.
Dentro de lo modesto del contexto en que venían desempeñándose Iglesias-Lombardero, habían logrado mantener a flote esa complicada y traicionera maquinaria que es el Colón, donde conviene manejarse con pies de plomo para que no se desbarate la frágil relación con los gremios que lo manejan como si fuese de su propiedad.
Ya entonces habían preparado un documento ("Políticas y plan de acción en el marco de una estrategia para el Teatro Colón") donde advertían: "De no mediar acciones decididas y relativamente rápidas, la tensión aumentará y se derivará en un nuevo ciclo de conflictos".
No había que tener la bola de cristal para adivinar que la inacción durante un año de Horacio Sanguinetti y, a continuación, la rígida cintura de Pedro Pablo García Caffi para negociar con un personal embroncado por su hondo atraso salarial, ciertas ingratas condiciones de trabajo, el enojoso desplazamiento de personal hacia otras reparticiones de la ciudad y la tercerización de tareas iba a conducir al teatro hacia una nueva y honda crisis.
Iglesias-Lombardero es, precisamente, la dupla que maneja el Teatro Argentino y que ha logrado una suerte de "paz social" estable entre los 916 empleados a su cargo (nueve menos que los que quedaron en el Colón).
El primer coliseo porteño cuenta con un presupuesto de 142 millones de pesos (el año próximo ascenderá a 185 millones) y tiene ingresos por $ 40.500.000 ($ 37.500.000, por entradas vendidas y $ 3 millones por aportes de patrocinadores). En sueldos, se le van $ 82.700.000 (un poco menos de la mitad de su presupuesto total).
El último aumento percibido por los trabajadores (entre el 15 y el 25%) fue en mayo, y acaban de otorgar un reconocimiento no remunerativo por única vez equivalente a medio sueldo.
"El Teatro Colón no se encuentra en un pozo -señala García Caffi-; un conflicto político no puede echar por tierra lo conseguido, y estamos trabajando para superarlo. Alrededor de 50 trabajadores violaron en dos oportunidades los compromisos firmados en la Subsecretaría de Trabajo; se arrogaron la representatividad de todos y obligaron al resto a sufrir las consecuencias de actos que no decidieron ni apoyaron ni quisieron. La autoridad está obligada a ejercer las facultades disciplinarias. El diálogo no está roto; lo ejerzo a diario, excepto con quienes, en lugar de hablar, ladran."
Con el receso del verano, sobrevendrá una impasse , pero si en marzo las cosas no están encaminadas, con una política salarial más clara y previsible, se pondrá en peligro la programación de 2011 en la que en mayo se producirá el regreso de Sergio Renán como ré gisseur de La flauta mágica (el arquitecto Juan P. Montero, Enzo Valenti Ferro, Cecilio Madanes y el propio Renán son los directores de la última década que más recuerdos dejaron).
Un poco menos del 50 por ciento de la planta personal del Colón está afiliada a Sutecba o a ATE, los dos gremios que velan por los intereses de sus trabajadores. Más negociador, el primero; menos flexible, el segundo. El viernes dirimirán fuerzas en elecciones que se efectuarán para elegir al quinto representante del ente autárquico que dirige los destinos del teatro. Se avecinan nuevas tormentas a toda orquesta.
Por Pablo Sirvén
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