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Cristina y EE.UU.: el péndulo del vértigo

Fue un día como hoy, hace exactamente tres años. Cristina Kirchner recibía la banda presidencial de manos de su marido y se convertía en la primera presidenta argentina elegida por el voto popular.

Cristina y EE.UU.: el péndulo del vértigo
En medio de la incertidumbre sobre cuál sería la traducción práctica de la mentada "continuidad del cambio", una idea ganaba consenso: la llegada de la primera dama al poder traería un giro en las formas. Los antecedentes de Cristina Kirchner como senadora permitían pensar en un discurso más conciliador y menos confrontativo que el que su marido había vuelto sello indiscutible de su gobierno.

La conjetura se hizo pedazos menos de 72 horas después. Desde el atril de la Casa Rosada, la flamante Presidenta acusó a Estados Unidos de montar una "operación basura" por haber vinculado los 800.000 dólares de la valija venezolana con el financiamiento de su campaña electoral.

Aquel embate no sólo inició un cortocircuito que duró meses. También sacudió la agenda con la que Cristina Kirchner tenía pensado encarar los primeros meses de mandato. El "fortalecimiento de las instituciones" y la "consolidación" del vínculo de la Argentina con el mundo quedaron eclipsados por el escándalo de la valija, el choque con Washington y la alianza con Hugo Chávez (ya entonces tan problemática como defendida a rajatabla).

Tres años más tarde, WikiLeaks y cumbre de Mar del Plata mediante, la relación con la Casa Blanca vuelve a ocupar el centro de la escena. Pero el péndulo en el que suele deslizarse la realidad política nacional ubica a Cristina Kirchner en otro extremo.

Muchas cosas cambiaron. El denostado George W. Bush ya no está en el poder. Y aunque no le haya concedido aún el buscado encuentro a solas, a la Presidenta Barack Obama le cae mucho mejor que el hombre de Texas, se sabe. El Departamento de Estado, blanco de la última aventura de Julian Assange, está a cargo de Hillary Clinton, la misma que Cristina Kirchner volvió "su candidata" durante la ajustada interna demócrata.

Demasiado se ha especulado con cuáles (y cómo) habrían sido las reacciones de Néstor Kirchner a los retratos norteamericanos (advertencias en realidad) sobre su "estilo", sobre las sospechas en torno a las operaciones con su dinero y sobre la "falta de voluntad política" para combatir el lavado de dinero.

El análisis contrafáctico no parece en este punto muy provechoso. Sí lo es, en cambio, posar la mirada sobre las reacciones de Cristina Kirchner. Lejos, bien lejos de la equiparación de la política exterior estadounidense con un basural, la Presidenta combinó el silencio contemplativo con la acción directa. Pudo haber usufructuado el lugar de la víctima. Pero no se le escuchó una sola palabra pública sobre WikiLeaks, ni siquiera sobre el profuso cuestionario de Washington sobre su salud mental. Prefirió el silencio. Sus ministros, que en otro momento hubieran convertido el incidente en plataforma para el contraataque fulminante y repetido hasta el hartazgo, evitaron inflar el tema.

El giro que tuvo a Mar del Plata como telón de fondo fue aún más evidente. El hecho de que el escenario fuera el mismo en el que Néstor Kirchner protagonizó su ataque más directo a Bush (tan directo como su apoyo a la contracumbre de Chávez) sin duda sumó nitidez al contraste.

La Presidenta eligió la vereda de Brasil, México y Chile, y frenó a Chávez en el intento de convertir la Cumbre Iberoamericana en el primer foro internacional del que surgiera una condena formal contra el cablegate. Washington, agradecido.

Otra "escena impensada" que dio esta semana es la llegada al país de la misión del FMI que revisará los cuestionados índices oficiales de inflación. La visita no sólo ubica en lugar de interlocutor válido a uno de los actores más vituperados por Néstor Kirchner. Es además la admisión más cruda de que la negada inflación (la del supermercado, como diría Moyano), preocupa. Y mucho.

El tercer aniversario en el poder encuentra a Cristina Kirchner en las antípodas del discurso "anti Estados Unidos" que heredó de su marido. "Ser antinorteamericano no sólo es equivocado. Le diría que es hasta demodé. No estamos en los 70, cuando si llovía le echábamos la culpa al imperialismo", decía la Presidenta en mayo de 2003.

En los siete años que pasaron desde entonces, la relación con la Casa Blanca sufrió el vértigo de los vaivenes. ¿Dónde estará el péndulo cuando dentro de un año la banda presidencial vuelva a cambiar de manos? Aún cuando se quede donde hoy está, habrá que seguir el recorrido bien de cerca.

Por Lucrecia Bullrich
De la Redacción de lanacion.com
En Twitter: @lbullrich

Viernes 10 de diciembre de 2010

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