Es bastante poco probable que cuando se habla de grandes directores norteamericanos alguien mencione a Abraham Polonsky. No porque no lo haya sido, sino porque suele recordárselo más como una de las víctimas de la caza de brujas desatada hace poco más de 60 años en Hollywood.
Quizá en pocos como en este guionista y director neoyorquino de cuyo nacimiento acaba de cumplirse un siglo fue tan dañino el efecto del macartismo. Acababa de firmar dos trabajos brillantes, cuando la persecución ideológica le impuso su mordaza por haberse negado a declarar ante el tristemente célebre Comité de Actividades Antinorteamericanas. Debió pasar veinte años escudado en seudónimos para escribir, cuando pudo, libretos para TV. Total, que hubo un bache de dos décadas entre su primer film y el segundo, y sólo llegó a realizar uno más, que resultó perjudicado por una mediocre distribución.
* * *
Hay quienes opinan que la falta de un justo reconocimiento también se debió a que él mismo nunca se había propuesto llegar a Hollywood: lo que quería era ser novelista. En su familia de inmigrantes rusos judíos del Bronx, se había familiarizado con la literatura y las ideas socialistas, en las que ahondaría durante sus estudios en el City College y en Columbia, donde se doctoró en derecho. Combinó algún tiempo la profesión con la enseñanza, pero pronto se volcó a la escritura. Ya se había afiliado al partido comunista cuando en 1940 publicó su primera novela, The Goose is Cooked , pero fue una segunda, The Enemy Sea , mezcla de historia bélica con alegato antifascista, la que hizo que Paramount lo incorporara a su plantel de guionistas.
Cuando regresó de la guerra (luchó junto con la resistencia francesa), no tuvo allí una experiencia feliz. De su primer trabajo, Golden Earrings , un film con Marlene Dietrich, "no quedó ni una palabra mía", se quejaba. Pero más tarde, a instancias de John Garfield, escribió el guión de Carne y espí ritu, vigorosa denuncia sobre la corrupción en el boxeo y ganó una nominación de la Academia. Pronto llegó su debut como director con La fuerza del mal , melodrama estilizado y oscuro que ensayaba un estudio sociopolítico de la realidad de su país y que sólo obtuvo de la crítica un reconocimiento tardío. No tenía cuarenta años cuando la intolerancia lo silenció.
Sólo volvería a rodar en 1969, Willie Boy , bellísimo western crepuscular que se aproximó al problema de los indios y en cuya sólida construcción cabían tanto el alegato contra el prejuicio racial como una historia de amor y una fábula sobre la predestinación.
Ya con prestigio, pero poco apoyo de los productores, sólo gracias al reconocimiento de los cinéfilos europeos, logró realizar una última película: El ladrón de caballos (1971), una suerte de fábula de aventuras encantadora y libertaria ambientada en una aldea polaca a comienzos del siglo XX. (Allí, Jane Birkin daba cátedra sobre militancia en una graciosa escena de picnic.) No hubo más, pero sus tres valiosos títulos -y el ejemplo de su conducta cuando fue hostigado por la persecución ideológica- alcanzan para justificar el homenaje.