Con el reciente anuncio de sanciones para algunos trabajadores, se profundizan los problemas en nuestro primer coliseo
Lejos quedaron en el tiempo la alegría y el justo orgullo que en mayo deparó la reapertura del Teatro Colón, durante los festejos del Bicentenario. En la Argentina, y ahora particularmente en la ciudad de Buenos Aires, esos momentos de comunión colectiva parecen haberse vuelto escasos.
Con la suspensión de la ópera Falstaff la semana pasada, el abono nocturno perdió nuevamente funciones de las seis programadas en la temporada del Colón, por un lado; por el otro, el público que había pagado esos abonos a precios internacionales volvió a ser "rehén" de un conflicto en el que le toca llevar la peor parte, la de inocente espectador.
Sin embargo, esta vez, las autoridades del Colón han decidido tomar el toro por las astas y aplicar las sanciones máximas que les permita la ley, según lo anunció el viernes último, en conferencia de prensa y junto a otros miembros del gabinete, el director de la sala, Pedro Pablo García Caffi: entre 40 y 60 trabajadores serán suspendidos. La medida contempla realizar un sumario y la suspensión indefinida de las personas involucradas en los sucesivos levantamientos de funciones de óperas y conciertos, con la imposibilidad de que accedan al teatro hasta tanto se defina la situación.
De aplicarse, estas medidas llevarían a una situación paradójica: que, por estar suspendidos, muchos de los trabajadores que intervienen en los espectáculos del Colón no puedan acceder a él para cumplir con su trabajo.
Esto, lamentablemente, no es nuevo. Han sido muchos los directores de nuestro primer coliseo que debieron enfrentar distintos conflictos con los gremios que agrupan al personal de la sala. Y han sido muchas también las veces que se suspendieron las funciones programadas, para mal de los artistas invitados y del público.
Por ello, esta decisión de García Caffi, avalada por la presencia del ministro de Cultura Hernán Lombardi en la conferencia de prensa, significa una novedad, cuyos alcances están todavía por verse, dado que los delegados dicen que los sumarios "no están encuadrados en ninguna normativa".
No cabe extenderse aquí sobre más detalles de un problema que, insistimos, se arrastra desde hace años y sólo cambia de personajes y de motivos (algunos, de ser ciertos, serían muy justificados, como el supuesto mal estado del piso del escenario). Sí corresponde advertir que tanto las autoridades como los delegados gremiales deben reunirse, finalmente, y tratar de negociar para encontrar una salida lógica y justa a esta situación interminable.
Muy pronto, el 17 de este mes, los trabajadores del Colón deberán elegir a su representante para integrar el directorio de la sala. Sería de desear que ya en ese momento la racionalidad haya regido las reuniones y se haya llegado a un acuerdo que contemple las expectativas de todas las partes. De otra manera, el fin de año encontrará a la gran sala y a su programación a la deriva.