Esta es una historia que ocurrió hace más de diez años. Por aquellos tiempos se había autorizado un aumento en la tarifa de los taxis y los potenciales pasajeros ante lo desmesurado del incremento, optaron por usar menos los coches de alquiler.
Era habitual ver a los "tacheros" recorrer en fila india las calles y avenidas porteñas llegando a contabilizar entre 18 y 20 autos vacíos durante el trayecto de una cuadra a la pesca de un cliente.
Por supuesto que con el correr de las semanas los pasajeros comenzaron a acostumbrarse con la nueva tarifa y volvieron a viajar en los autos con techo amarillo.
Pero en aquellos primeros días era tremendo recorrer calles y calles sin un viaje o quedarse parado en alguna esquina, rogando que alguien lo tomara.
Fue en aquellos años que lo conocí a "Chaveta" Galván, un chofer muy ingenioso. Lo llamaban así porque si algún colega necesitaba solucionar una reparación de urgencia de algún componente del auto, él se ofrecía gentilmente y con un destornillador muy largo y chavetas, hacía un arreglo para poder llegar al taller. Aunque muchas veces esas reparaciones eran provisorias y para siempre.
"Chaveta" hacía todas las noches en su casa una cantidad de paquetitos y bolsas con papel de regalo y moñitos y los ponía en el baúl del auto. Al día siguiente cuando salía a trabajar ubicaba sobre el asiento trasero "como al descuido", uno o dos paquetes, de forma tal que pareciera que alguien hubiera bajado apurado y se los había olvidado.
Entonces recorría las avenidas a marcha muy reducida, y pasando muy cerca del cordón de la vereda y sobre todo donde había gente esperando el colectivo. "Chaveta" llegaba a detener el auto frente a quienes estaban en la parada y él se hacía el "sota" mirando hacia afuera pero al lado opuesto a la gente. Siempre había alguien que reparaba en los paquetitos que estaban sobre el asiento, entonces lo paraban y subían para hacer algún viaje corto, que siempre era mejor que no hacer ninguno.
Cuando llegaban a destino, el pasajero pagaba su viaje, normalmente le dejaba una buena propina y con disimulo se llevaba el "regalito" olvidado, que seguramente cuando lo abría encontraba piedritas o recortes de papel de diario prolijamente doblados.
Luego de haber dejado al pasajero, "Chaveta" daba vuelta en la primera esquina, abría el baúl y ponía sobre el asiento un nuevo "señuelo", cual caballo de Troya.
Esta historia forma parte de la creatividad porteña en épocas duras.
Personalmente no apruebo la actitud de "Chaveta" pero comprendo su inteligencia para lograr tener algún viaje más.