Hasta mitad de año, fuimos víctimas de la psicosis de las monedas. Nadie tenía, todos querían, y los que conseguían algunas las amarrocaban en el fondo de la cartera.
Una moneda de cinco centavos era vital, no para comprar -porque ya no tenía valor- sino porque su falta podía dejarte varado en el microcentro sin poder volver a casa. Era común ver a la gente pelearse con un taxista, un kiosquero, o la cajera del supermercado porque no tenían cambio. Incluso se vendían clandestinamente al 10% más de su valor en algunas terminales de colectivos o se conseguían, de a cinco unidades, haciendo una cola de media hora en el banco. Por eso nadie las entregaba así nomás. Aunque tuviéramos millones en la guantera uno siempre respondía lo mismo: "No tengo cambio", "No, me mataste, ni una moneda", "¿Mas chico, nada?".
Desde hace un tiempo, sin embargo, está pasando algo raro. No sé si se dieron cuenta, pero de repente -sin ningún acuerdo previo entre las partes- existe un pacto tácito de redondear el vuelto. Ya casi nadie reclama ni entrega los veinticinco centavos aunque corresponda hacerlo. Hace un año, un viaje en taxi de $14,78 hubiera sido $14,75 y punto. Hoy es $15 y nadie lo discute ni se queda en la parte de atrás esperando que le den el vuelto. $21,23 es 21 y nada más. Ningún pasajero busca el cambio en su bolso, y los taxistas, que antes te pedían las moneditas con insistencia, no te las reclaman más. "No, dejá, qué me vas a dar", te dicen risueños. Los kioscos, por su parte, que antes fueron tan creativos ofreciendo caramelos o exigiendo que llevaras otra golosina para llegar al importe justo, han resuelto su problema "combinando" todos los precios. Las cosas ya no valen cincuenta centavos, sino dos por un peso o tres por dos.
No se estableció en ningún lado de forma explícita, pero créanme que está sucediendo. De alguna forma el mundo se puso de acuerdo para no reclamarlas, para negarlas, para sacarles ese valor excesivo que alguna vez tuvieron. Algunos podrán decirme que ahora la plata vale mucho menos, que los veinte centavos de ahora son los cinco centavos del último enero, pero es una verdad parcial, porque hace un año la gente se peleaba por cinco, dos, uno o cuatro centavos. Se peleaba por el objeto moneda, y no por su valor real.
Dentro de un tiempo la inflación hará lo suyo, dejarán de acuñar monedas de diez centavos y aparecerán, enormes y onerosas, las de dos, cinco, diez pesos. Volverán entonces las discusiones en el taxi, las presiones en el kiosco, la cara de perro en la cola del supermercado. Mientras tanto, vivimos en la ilusión y la camaradería del redondeo. Yo, al menos, no me quejo. A veces perdemos los veinticinco centavos y a veces los ganamos. Y a fin de mes probablemente salimos hechos.