Zamba Quipildor en la Casa de Salta El folclorista presentó su álbum Sigue cantando.
La Casa de Salta en Buenos Aires se sacude con un solo de bombo, vibra con las palmas que aportan 150 personas y el cantor, matizado por el punteo de la guitarra, arremete con una chacarera. La espontánea peña aflora en el microcentro, a media cuadra del Obelisco. Zamba Quipildor apela a su poderoso registro de tenor (su arma más eficaz) para terminar de encender la fiesta. La sonrisa lo desborda, seguro de haber logrado, de movida nomás, el marco adecuado para presentar Sigue cantando , su 33° disco.
Salió a escena algo ruborizado, justo cuando su compadre y amigo, el poeta salteño Eduardo Ceballos revelaba que Armando Tejada Gómez había dicho de Zamba en los inicios de los ‘70: “Lleva el nombre de la canción más nueva de su tierra y el apellido más antiguo. El quipildor era el custodio de la sabiduría incaica, la memoria del pueblo”.
Enseguida, deja en claro que le sienta más cómodo entonar la zamba Rubores indios . Mucho más al ganarse la primera ovación gracias a la chacarera La flor del quebracho , antes de invitar a todos a sumarse a La volvedora . “El que la sabe, la puede cantar conmigo”, propone tarde: el coro del público hacía un rato largo que se había animado.
Catapultado por el Festival de Cosquín en 1969, Quipildor acredita más de cuatro décadas trajinando escenarios. Públicos disímiles tuvieron el privilegio de escuchar sus inigualables versiones de la Misa Criolla , Güemes eterno y Misa por la paz y la justicia . Así fuera en el Bolshoi de Moscú, el Carnegie Hall de Nueva York, el Palau de la Música Catalana o el Colón porteño, el músico de Ingenio La Esperanza (Jujuy) nunca dejó de homenajear “los valles, los cerros, la gente sencilla y el mejor cielo del mundo” del norte argentino.
Mucho menos iba a pasar por alto el recuerdo de las imágenes indelebles fijadas desde la niñez, que todavía sacan a relucir sus emociones. “Yo era un chango de 7 años y mi padre arrendó dos hectáreas de campo cerca de Moldes, en Salta, para comprarme una guitarra. Así, pude formar mi primer conjunto en La Viña. Eramos Los Viñateros e imitábamos a Los Fronterizos”. Fue suficiente para que saliera al ruedo en actos escolares.
Pero, revela, antes se valió de las virtudes de un modelo inmejorable. “Mi viejo, Hermógenes, regresaba a casa a caballo durante la madrugada, cantando bagualas. Era maravilloso escucharlo, acompañado por la voz dulcísima de Doña Benjamina, mi madre”, agradece. “Me tira tanto Moldes, que cuando deje de cantar voy a vivir allá”.
No se descubre una sola estrella y la luna se empecina en ocultarse en la noche porteña. Llegan las empanadas salteñas y las copas se llenan de tinto cafayateño. Como para que nadie se vaya antes de tiempo y termine de deleitarse con La López Pereyra , la última delicadeza que Quipildor canta a pura pasión.