La pieza de Bob Fosse continúa siendo un engranaje casi perfecto de música y coreografía de altísimo nivel
Chicago. Letras: Fred Ebb. Música: John Kander. Libro: Fred Ebb y Bob Fosse. Intérpretes: Natalia Cociuffo, Melania Lenoir, Martín Ruiz, Alejandra Perluzky, Horacio Vay, Matías Rivero, Florencia Bordolini, Romina Cecchettini, Augusto Fraga, Angel Hernández, Alejandro Ibarra, Mariana Jaccazio, Pablo Juin, Oscar Lajad, Milagros Michael, Julia Montiliengo, Mara Moyano, Carlos Pérez Banega, Esteban Provenzano, Nicolás Villalba y Florencia Viterbo. Traducción al español: Gonzalo Demaría. Director musical: Gerardo Gardelín. Director residente: Gustavo Wons. Directores originales: Walter Bobbie y Tania Nardini. Coreógrafa: Ann Reinking (en el estilo de Bob Fosse). Recreación de la coreografía: Gary Chryst. Producción general: Daniel Grinbank. En el Lola Membrives. Duración: 150 minutos (con intervalo).
Nuestra opinión: muy buena
Las comparaciones son odiosas. Sí, por eso este comentario crítico sobre Chicago tratará de mantenerse alejado de ellas; básicamente para no ser odioso, pero también porque esta cronista no tiene con qué comparar. Ergo, ésta es una mirada virgen sobre este musical.
Así las cosas, no se puede comenzar diciendo otra cosa que, con sus 35 años a cuestas, Chicago es una belleza coreográfica y musical tremendamente moderna. Es que esta obra casi perfecta de teatro musical bien pudo haber sido escrita ayer. No sólo por la temática que toca, sino por la música (sin haber visto nunca el musical es muy fácil descubrir allí a más de un hit) y por el trabajo coreográfico, que es de una sensualidad apabullante. No hay que ser un experto en Bob Fosse para descubrir su estilo en el movimiento de caderas, de brazos y muñecas, y en el vestuario con negras transparencias y, como mucho, algunos fatales rojos labiales.
Todo un estilo que está puesto al servicio de una historia que cruza a dos asesinas en la Chicago de los años 20. La cárcel es el lugar de encuentro entre Velma Kelly y Roxie Hart, dos mujeres que mataron por amor, o desamor, vaya uno a saber; hecho que las enfrenta a la clara posibilidad de la horca o a la redención de la mano de un inescrupuloso abogado que, a la vez, es un inteligente y oportuno creador de estrellas mediáticas.
Ningunas modositas resultan ser estas chicas que están dispuestas a hacer lo que sea por aparecer en un diario, por brillar en un escenario, por permanecer en la memoria, y que se ponen en las manos de este abogado tan vil como seductor que sabe perfectamente qué hilos mover para cumplir su cometido, o cuáles dejar de mover cuando cambia el foco de interés.
Así, con coreografías sugestivas, de una cadencia erótica sutil y furibunda al mismo tiempo, Chicago se convierte en un gran divertimento hablando de asesinatos, coimas, manipulación y mentiras. Y para ello sube a escena un equipo artístico de gran nivel. Antes que nada están ellas, Natalia Cociuffo y Melania Lenoir, o Roxie y Velma. Con un trabajo corporal y vocal de altísima precisión, estas dos cantantes, bailarinas y actrices se prestan al juego quizá con un poco de timidez que seguramente irá trocando en feroz energía callejera con el paso de las funciones. Así y todo, se compran a la platea apenas salen a escena y si están en grupo mejor. Lenoir hace crecer a su Velma en compañía de las otras cinco asesinas en "Tango del pabellón", y Cociuffo hace lo propio con su Roxie en el imperdible número "Los dos fueron por el arma", en el que se convierte en marioneta de Billy Flynn, el abogado. Hecho que da pie para hablar de él, de este ambicioso leguleyo interpretado con elegante maestría por Martín Ruiz. Quien lo haya visto en la piel tierna y desvalida de la Bestia (en La Bella y la Bestia ) puede notar con un simple vistazo la vuelta de timón que puso en acción para darle vida a su personaje, encantadoramente perverso.
Otra que se lleva las miradas es Alejandra Perluzky con su Mama Morton, la carcelera. Perluzky logra darle una cuota de cinismo que bien combina con la ternura que, a veces, le despiertan sus chicas. Horacio Vay, como Amos, otro hallazgo.
Y lo demás es grupal, bellamente grupal. Tanto el trabajo de la orquesta, ubicada estratégicamente en el centro de la escena, como el del ensamble son magníficos. Hay un nivel de detalle y perfección coreográfica y musical que llena el escenario, resultado del trabajo de Gustavo Wons. La orquesta es un personaje más y, más aún su director, Gerardo Gardelín que interactúa con total naturalidad con quien se le ponga. Y el grupo de bailarines y cantantes, por su parte, es apabullante. Casi no hay manera de distinguir el trabajo de uno por sobre el de otro, pero casi de puro capricho no se puede dejar de destacar a Julia Montiliengo, a Florencia Viterbo, a Esteban Provenzano y a Carlos Pérez Banegas.
Con tiempo para crecer, Chicago vuelve para ofrecer teatro musical del más alto nivel.