Hoy les voy relatar dos historias breves que tienen un fuerte mensaje, solo hay que interpretarlas.
Contra viento y marea
En un viaje conocí a la señora Rosalía, con aproximadamente 65 años, separada y con tres hijos de distintas edades. Ella es propietaria de un establecimiento donde elaboran comidas y está en pareja con uno de sus empleados, veinte años menor.
Tiene un hijo de veinticuatro años que oportunamente tuvo que ser trasplantado y tiene que hacer un régimen estricto de comidas. Este muchacho está en concubinato con una señorita joven y que no le gusta mucho cocinar. Por lo tanto, Rosalía, concurre todos los días a prepararle el desayuno, el almuerzo y la cena para que su hijo no abandone el tratamiento. Además, durante el día, se comunica con él por celular para que tome la medicación en los horarios estipulados.
Por otro lado, tiene una hija que está embarazada de siete meses. Así, ella se fragmenta más, colaborando en los quehaceres de la casa de la hija, mientras que su hijo mayor que se inclinó por el arte, convive con una señorita que a Rosalía no le cae muy simpática porque es absorbente con su hijo y, según ella, lo está separando del grupo familiar.
Una vez a la semana, los domingos le gusta juntar a sus hijos y les ofrece el almuerzo dominguero y familiar. Rosalía está triste por su situación, pero no obstante, lejos de bajar los brazos y dejarse abatir, continúa luchando contra todo lo que se le oponga.
Un ejemplo de madre que debió afrontar la educación de sus hijos y la manutención desde que se separó de un marido golpeador.
Un cariño a Rosalía y todo nuestro apoyo.
Una señora despistada
Recorría las calles que bordean la Plaza Guemes, frente a donde se encuentra la Basílica del Espíritu Santo y la Parroquia de Guadalupe. En ese momento al llegar a la esquina de Paraguay me paró una señora muy delgada, rubia y muy conversadora.
Susana es su nombre y me contó una anécdota que le sucedió en otro taxi hace casi un año en que habla de su gran distracción. Ella vive en la zona y una tarde salió apurada de su domicilio, frente al semáforo estaba parado un taxi, entonces se apresuró antes que cambiara la luz y se abriera el tráfico, abrió la puerta y se sentó, diciéndole al chofer cual era su destino.
Cerró la puerta del taxi y entonces escuchó a sus espaldas un grito tremendo. Se dio vuelta y entonces comprobó que se había sentado encima de una señora que ocupaba el auto como pasajera, ella en su permanente distracción no se percató que el taxi ya estaba con una clienta.
Con mucha vergüenza, pidió perdón, abrió la puerta, descendió y corriendo volvió a su casa.
Tomó el teléfono y pidió un auto. Al cabo de veinte minutos llegó el coche, se subió y cuando le estaba por indicar la conductor hacia donde necesitaba ir, notó que el mismo estaba riéndose a carcajadas. Era el mismo taxista que un rato antes había participado con la ocupante del auto de la distracción de Susana.
Parece insólito que suelen darse este tipo de coincidencias.