Cuando era chica, en mi barrio estaba la ferretería de Nicolino, el kiosco del maltrato, el autoservicio de Macario, el bar de la Turca, la mercería de Nora, y un local que con los años fue panadería, peluquería, librería escolar, casa de empanadas, remisería, rotisería, bicicletería, y galería de arte, entre otros rubros.
Viví veintidós años en la misma cuadra y nunca llegué a ver que un negocio prosperara en ese local. Doy fe, también, que los dueños lucharon hasta el final. Hicieron pizza libre, regalaron vouchers con premios, organizaron sorteos de canastas, probaron cambios de fachada, pusieron marquesinas enormes, hasta repartieron volantes e invirtieron en publicidad, pero semana más, semana menos, inexorablemente todos se terminaron fundiendo. Subsistieron otras panaderías peores, ferreterías en las que nadie compraba nada, autoservicios carísimos que no podían competir con los supermercados. Todos se mantuvieron a flote, salvo los negocios que se emprendían en ese localcito.
En todos los barrios hay un local que cambia de negocio cinco o seis veces por año y siempre se funde. En todos. Lo saben todos los vecinos, que se debaten entre la risa y la pena cada vez que aparecen los nuevos inquilinos, llenos de sonrisas, y escoltados por carpinteros y pintores que trabajan contrarreloj para abrir el ansiado comercio. No dicen nada por las dudas, pero suspiran de lástima cuando los ven barrer la vereda, orgullosos, o cuando saludan y explican cómo se irán expandiendo, porque saben, como saben que mañana saldrá el sol, que en dos meses ese proyecto se habrá tragado, como un agujero negro, todos sus ahorros y ganas de seguir viviendo.
En la intimidad de todos los hogares vecinos es común debatir el motivo de que ese local no prospere. Algunos juran que el local tiene mala suerte, que es como una casa embrujada que expulsa a sus inquilinos. Otros, que es culpa de los emprendedores: cualquiera sueña con el comercio propio pero son pocos los que pueden montar un negocio rentable, inteligente, necesario en una comunidad. Muchos dicen que la ubicación es mala, aunque al lado, en la misma cuadra, haya una dietética o una vidriería hace más veinticinco años. Unos pocos, como yo, nos entregamos a la calma negadora del misterio.
Lo cuento porque ayer, justamente, pasé por mi viejo barrio. No iba hacía casi diez años y cambió mucho. Donde se erguía mi vieja casa ahora hay un complejo de oficinas de tres pisos y en los terrenos baldíos en los que jugaban mis gatos hay edificios enteros, con cochera y todo. Los autoservicios de antaño ahora son supermercados chinos y Tanti, el supermercado más grande de la zona, ahora es una sucursal de una gran cadena minorista. La casa que estaba enfrente ya no tiene terraza. Tiene un cartel de gaseosa que se ve desde la panamericana, una antena de telefonía celular, y ha convertido su jardín en un estacionamiento. Lo único que sigue ahí, perenne, es el localcito de la mala suerte, con el eterno cartel de alquiler colgado de una marquesina borroneada que deja entrever los mil nombres que se pintaron encima. "Gran oportunidad. 36 metros cuadrados. Ideal drugstore, farmacia, rotisería", sugieren, sus dueños malditos, para atraer víctimas nuevas.