Estrenó una obra como director, trabaja en la película Elegía de abril y ensaya un proyecto de Bernardo Cappa
Está involucrado en tres proyectos de los que habla muy apasionadamente. Y, de una u otra manera, los tres están ligados con el mundo de la literatura. Lorenzo Quinteros ha estado unos meses alejado de la creación a causa de un accidente automovilístico, pero, ya repuesto, no ha hecho más que disfrutar de estas propuestas en las que está involucrado. "Es que estoy metido en cosas curiosas", afirma con una sonrisa. Y en verdad, el germen de los tres proyectos está ligado a cierta "rareza" que promueve una investigación severa y en la que se impone un costado muy poético.
Quinteros estrenó en el Centro Cultural de la Cooperación, con su dirección, El cielo de otros lugares , una versión libre de Daniel Zaballa a partir del cuento El cocodrilo, del escritor uruguayo Felisberto Hernández; esta semana fue el turno de Elegía de abril , una película de Gustavo Fontán, en la que comparte cartel con Adriana Aizenberg. Y mientras tanto, continúa con los ensayos, como actor, de una nueva producción de Bernardo Cappa, que sólo se conocerá en enero.
¿Por dónde pasan las "rarezas" a las que hace referencia el creador? Lorenzo Quinteros conoce la literatura de Felisberto Hernández desde hace varios años. Muchas veces lo leyó pensando en la posibilidad de llevarlo a escena, pero esa decisión nunca había llegado. Ahora es un ex alumno suyo, Daniel Zaballa (que participa de la puesta junto a Noemí Rodríguez y Gustavo Oliver), quien le acerca el proyecto y de inmediato acepta concretarlo.
"Felisberto siempre me resultó muy atractivo -cuenta el director-. Un autor de perfil bajo, pero con una literatura atractiva, singular, muy propia, difícil de comparar. Cortázar lo ha estudiado mucho y ha escrito sobre él. Alguien dijo que cuando lo leés es como si lo estuvieras escribiendo. Zaballa mecha varios textos en esta versión y termina con El cocodrilo . Es la historia de una persona que siempre viaja en tren y nunca termina de conocer un cielo porque de inmediato está partiendo para conocer el de otro lugar. Esto está conectado con la propia vida de Hernández; él era pianista y viajaba dando conciertos y, en algún momento, comenzó a vender medias femeninas. Felisberto era un nene grandote y por eso su literatura es como un juego."
En cuanto a su trabajo en la película de Fontán, también allí se sintió haciendo algo atípico. "Es que él hace películas con cuestiones de su vida, con su propio mundo ( El árbol, La madre ). Es muy buen cine, poco narrativo, puramente de situaciones. Está basada en la historia de su abuelo poeta. En algún momento comenzó a trabajar con la madre, pero ella decidió alejarse y nos convocó a Adriana Aizenberg y a mí y continuó el rodaje. Gustavo es un poeta. Arma y pega lo filmado con un criterio poético. No le interesa relatar, sino crear sensaciones, emociones, climas. Su trabajo te llega por lo sensorial o lo emocional. No te cuenta una historia."
Finalmente, junto a Bernardo Cappa, participa de un proceso de creación en el que se impone la improvisación. "Bernardo tira una consigna y los actores aportamos a la construcción de un texto al que, finalmente, él le dará forma definitiva."
Tres experiencias bien diferentes, pero que le posibilitan ricas construcciones artísticas y completar un campo laboral que lo expone desde distintos perfiles.