El Premio Príncipe de Asturias reconoció la singularidad del pensamiento de Alain Touraine y Zygmunt Bauman
Una de las grandes contribuciones a la cultura de la España contemporánea ha sido la institución de premios que se han hecho acreedores a un sólido prestigio internacional. Uno de ellos es el Príncipe de Asturias, que lleva la denominación nobiliaria con la cual se distingue al heredero de la corona borbónica.
Debe celebrarse, en primer lugar, la decisión de que el galardón en la disciplina de Comunicación y Humanidades fuera compartido por dos intelectuales europeos de talla indiscutible. Uno, Alain Touraine, francés, catedrático y escritor familiarizado con la Argentina y que ha dedicado una vida al estudio de la sociedad posindustrial. Otro, Zygmunt Bauman, polaco, perseguido por el nazismo, primero, y luego, por el comunismo, al que adscribió antes de huir al Reino Unido y ganar celebridad por su teoría de la "modernidad líquida".
Ambos intelectuales son figuras representativas del más alto nivel académico de la sociología, disciplina que se ocupa del conocimiento humano y de la relación entre los hombres. Sin duda, entre las ideas sostenidas tanto por Touraine como por Bauman y el ideario editorial de LA NACION existen marcadas diferencias, pero cómo no compartir un mismo reconocimiento por el valor de los derechos humanos, el progreso científico y técnico, el ejercicio de las libertades civiles e individuales y por las bases éticas sobre las que deben asentarse los comportamientos sociales.
El acto de entrega de los premios Príncipe de Asturias tuvo el colorido inusual y llamativo de una decena de futbolistas del seleccionado español que obtuvo a mediados de año la Copa del Mundo. Concurrieron a retirar el nuevo trofeo encabezados por un maestro de conducta ejemplar y del tipo añorado en el fútbol argentino, según se vio en las trasmisiones televisadas del torneo: el director técnico Vicente del Bosque. Y las palabras sencillas, pero por igual admirables, de ese entrenador nada desentonaron en ocasión tan levantada: "Estos jugadores -dijo- han hecho de la modestia un arma tan poderosa como su mismo y arrebatador juego".
¿Qué más puede pedirse de un conjunto de deportistas? ¿Qué más, de cualquier grupo humano que pueda constituirse para acción alguna y, que teniendo a ése como punto de partida, se nutra luego con otras virtudes: la solidaridad, la eficiencia, el agradecimiento por lo que otros realicen a favor de uno, la perseverancia, el sacrificio?
Bauman ha observado a lo largo de su obra que hemos pasado de una sociedad previsible y fiable a otra indescifrable, donde el poder que naturalmente nos corresponde se diluye en el espacio global.
Ha llamado la atención, también, sobre la ligereza de las actitudes dominantes en estos tiempos y sobre el hecho de que el papel del consumidor ha sustituido al del ciudadano, que disfruta de derechos pero, además, debe cumplir con relevantes y complejos deberes. En otras palabras, somos menos sólidos que antes y más vulnerables, en cambio, por la licuefacción de los viejos valores que nos permitían convivir con mayores certezas capitales que ahora. No olvidemos que líquido "es todo elemento que no conserva una figura" y que vamos, de seguir las cosas así, en fatal tren distópico (de mal en peor): ahora acecha el riesgo de que pasemos de la consistencia dudosa del agua a un estado gaseoso.
Urge, desde la visión del mundo a la que Bauman y Touraine han hecho aportes significativos, poner empeño en la construcción de puentes, hoy quebrados, entre el individuo y la sociedad; entre el individuo y las instituciones.
Bauman, sobre todo, ha advertido la necesidad de despojarnos de las ideologías que actúan como velos que impiden, a quienes miran, ver. Congratulémonos, pues, de estas distinciones que exaltan la capacidad del hombre de reflexionar sobre la gravedad de sus carencias, cuando no de sus retrocesos, como se ha hecho en la obra y acción de estos dos pensadores. Congratulémonos, en particular, en los casos en que a tales aptitudes se suma el coraje civil de ir, en circunstancias necesarias, contra la corriente general.
¿Es imaginable, por ejemplo, que con los extraordinarios avances alcanzados en la longevidad humana puedan mantenerse inalterables las edades de retiro laboral de hombres y mujeres en alrededor de los sesenta años de edad? Si alguien pudiera demostrar con seriedad que a este paso serán solventes en el futuro los ya precarios sistemas de seguridad social, en ese caso, sería posible entender los paros de protesta que han paralizado a Francia. De lo contrario, será indispensable que intelectuales como los coronados con el Príncipe de Asturias se apliquen también a anticipar a las multitudes el peligro de estrellarse en cuestiones del tenor de aquélla, aunque eso sorprenda e incomode a sus más entusiastas seguidores.