¿House enamorado? Quién hubiera pensado, siete temporadas atrás, que algo así podía ser posible, pero ocurrió. Y cómo: tras una catástrofe de proporciones y un diagnóstico errado que terminó con el galeno viendo morir a una paciente con muchos puntos de contacto con su propia historia, House (Hugh Laurie, camino a un seguro Emmy) pierde el rumbo y contempla regresar a las drogas, hasta que descubre que, por todas sus holmesianas capacidades de deducción, ha pasado por alto una revelación sorprendente: su jefa, la indómita doctora Cuddy (Lisa Edelstein), no sólo toleraba sus insubordinaciones, desplantes y comentarios rayanos en el acoso sexual: también está perdidamente enamorada de él.
Así, la nueva temporada de la serie -que se estrenará mañana, a las 22, por Universal- mostrará, de modo inmejorable, cómo el inveterado misógino lidiará con la revelación del amor y qué futuro puede llegar a tener su relación con alguien que, encima de conocer todos sus defectos y compartir todos sus días, es madre soltera (es un amor tan improbable que hasta su ladero Wilson lo cree otra maquinación maquiavélica de su amigo).
Es evidente que el creador de House , David Shore, no le teme al efecto Moonlighting (por su exponente más tristemente célebre), que reza que cuando la pareja protagónica de un ciclo consuma su demorada atracción todo el conflicto se evapora de la trama. Y tiene muy buenas razones para animarse: lo que ocurre en este episodio no es nada menos que la demostración de que no hay norma que no tenga su talentosa excepción.