La intérprete bahiana mostró los infinitos matices de su voz y su increíble refinamiento dramático
Amor, fiesta, devoción , recital de Maria Bethânia, acompañada por Jaime Alem (guitarras y dirección), Jorge Helder (bajo y guitarra), Carlos César (batería), Vítor Gonçalves (piano, acordeón) y Marco Lobo y Reginaldo Vargas (percusión). Teatro Gran Rex.
Nuestra opinión: excelente
El show que Maria Bethânia trajo ahora a Buenos Aires se llama Amor, fiesta e devoción , pero en él caben muchísimas otras emociones: todas las que ella es capaz de transmitir. Porque la bahiana que al principio impresionó por su genuina visceralidad y su vigor agreste, aunque también podía conmover con la tersura del canto a media voz (¿quién no recuerda su "Anda Luzia"?), ha ido descubriendo con el paso del tiempo infinidad de matices en su garganta.
Ya es un lugar común hablar del refinamiento cada vez más depurado que ha alcanzado como intérprete sin sacrificar un ápice de su fibra dramática, ni desoír las voces de su sabia intuición. También lo es recordar que Bethânia no concibe sus discos (ni sus espectáculos) como meros muestrarios de canciones: hay siempre una coherencia temática en sus álbumes, así como hay cierta concepción teatral en sus shows. De ahí el encadenamiento entre canción y canción (un guión invisible que las enlaza) y las escasas pausas para el aplauso.
Aquí, se ha dicho, canta al amor, la fiesta y a la devoción, y así es porque el show está dedicado a su madre (la ya famosa Dona Canô), que con la experiencia de sus 102 años sigue juzgando esos tres elementos como fundamentales para el buen vivir. Pero también porque son los que predominan en sus dos últimos y notables discos, el expansivo Encanteria , que celebra la fiesta y la religiosidad, y el romántico Tua , en el que se vuelve íntima para hablar del amor desde su serena madurez.
La atmósfera de religiosidad domina el comienzo, con Bethânia cantando "Santa Bárbara", descalza sobre la alfombra de rosas rojas que tapizan la escena y también cubren el gran panel vertical que desciende como un manto sobre el centro del escenario y esconde las lucecitas que irán acompañando el cambiante clima del espectáculo. Sobre ese mismo fondo, vendrá más tarde la hora íntima inaugurada con la espléndida "... o amor outra vez" (Dori Caymmi y Paulo César Pinheiro), mientras casi toda la fiesta quedará para la segunda parte, tras el brillante momento instrumental proporcionado por el grupo que conduce Jaime Alem. Esta vez, conviene subrayarlo, el inseparable socio artístico de la estrella es también el autor de una de las novedades más gratas de un programa colmado de ellas: "Doce viola", amorosa dedicatoria a su instrumento preferido: la viola caipira.
Con Bethânia, la emoción está garantizada y no falta en ninguno de los momentos que se suceden en el show. En su voz, los temas nuevos y los conocidos encuentran secretas conexiones. La admirable "Vida", de Chico Buarque, es rescatada entre dos temas de sabor bahiano; "Fera ferida" (Roberto Carlos) convive en la parte intimista con "Terezinha", con una inolvidable versión a cappella de "Explode coração" y con "Balada de Gisberta", que el portugués Pedro Abrunhosa dedicó a un travesti brasileño.
A Caetano, presente en la platea, le habrá encantado escuchar una lectura tan delicada de su "Queixa". Y a todos, el maravilloso sector caipira, que incluyó una guarania nueva ("Guriatã"), un clásico poco frecuentado ("Serra da Boa Esperança") y una sorpresa: Miúcha compartiendo con Bethânia "Cabocla Jurema".
Hubo ovaciones atronadoras para "Negue", "Reconvexo", "Saudade dela" y "Olhos nos olhos" y un coro espontáneo para "O que é, o que é". Lástima que el show debía terminar alguna vez.